Debido a unas cervicales delicadas de mi cuidadora familiar, esta foto ha tardado en llegar, pero aquí está.
Me parece importante este despliegue que ha realizado Bidaideak, con tan poca distancia entre «campamentos base» en comparación con lo que estamos acostumbrados.
Avance es, por ejemplo, que en esta temporada playera pueda elegir entre bañarme en Plentzia o en Gorliz -siempre he querido bañarme ahí. El agua está más tranquilita-.
Como este fin de semana, uno cada año, viendo el GP de Mónaco, además de proponerme visitarlo en la próxima temporada, intento exprimir al máximo mi imaginación para reproducir las sensaciones de las que gozaran los señores pilotos.
Hoy ha sido un día completo, bueno, como todo el fin de semana. Esta mañana entrenando muy seriamente (sinónimo de profesionalmente) con la selección de boccia de Euskadi y ahora, por la tarde, me pongo a escribir sobre el último descubrimiento en #bizkaiaccesible.
No es que me guste contar mi vida, pero ayer en La arboleda me llevé una grata sorpresa a ver lo bien adaptado que se encuentra este pintoresco lugar.
Existen rebajes desde el parking de abajo (algún fortuito pero efectivo). En su plaza, dispuesta en diferentes alturas, el visitante dispone de rampas adecuadamente preparadas para que nadie se quede en una esquina.
Curiosear por sus calles estrechas también es algo totalmente factible y entretenido.
Tomando unos potes en la plaza, antes de ir a por las alubias del Casa Sabina, me dieron ganas de darle un premio a este antiguo barrio de Trapagaran, por tener previstas visitas como la mía, aumentando nuestra movilidad.
Para acceder a dicho restaurante no encontré ningún problema (al contrario de muchos otros establecimientos de Bilbao que intentamos visitar horas mas tarde).
La alubiada fue imperial. Poniendo la Salsa de costado a la mesa, porque su altura no permite meterme en el 99% de las mesas, embarque dos platos importantes mas un postre suculento de hojaldre con nata.
Un gran acontecimiento para comenzar el año que se alargo hasta las tanta.
Lo que no pude dejar extenderse fue la sobremesa por la ausencia de un WC adaptado. Menos mal que uno es muy fisgón, y había detectado uno de esos con auto lavado en el mirador, cerca del parking.
Como decía mi gran profesor de Historia de Arte, en el instituto, no es lo mismo mirar que ver. Y, efectivamente, el retorno que he hecho, esta vez junto con mi peña excursionista de los viernes, al palacio Chávarri, no ha sido en balde.
Monto en mi 806, ponemos la radio iniciando la marcha, y suena Left Outside Alone de Anastcia. Una canción de las que formaban parte de la banda sonora del video que hizo mi primo, de nuestro viaje familiar a Italia, hace algo más de diez años.
Era como si el extranjero me diría: Bienvenido, cuanto tiempo sin volver por aquí.
No pude evitar una emoción creciente, recordando ese video que he repasado varias veces, y pensando que iba directo al aeropuerto, previo paso por Bilbao para recoger a Iván. Hasta mi ama se dio cuenta de la casualidad.
Los viajes importantes dejan un gran poso duradero, y merecen la pena por mucho que nos cueste alcanzarlo (más en nuestro caso).
A continuación, unas imágenes inéditas y caseras, caseras que tenía guardadas.
De lo que, lamentablemente, no tengo grabación es de mi última «Salsada».
Aviso para rodantes: No subir cuestas por cintas automáticas, si llueve.
Estaba yo coronando una de estas, cuando inexpertamente, se me ocurrió acelerar (en segunda, nada heavy). En ese momento, la silla empieza a dar bandazos, golpeando contra los laterales que sujetan los pasamanos.
La sensación fue de un descontrol total. Tanto que llegó un momento en que la silla se puso de costado y empezó a descender muy seriamente, como si estuviese en el tobogán de un aquapark.
Algo imparable. Nunca había sentido ese pánico repentino por no ver manera de hacer que aquello termine bien.
No sé si solté el Joystick. Creo que no. El instinto me hacia insistir para recuperar la adherencia. Seguramente…….. No sé, porque soltándolo se bloquean las ruedas. Lo que abría que hacer es frenar intermitentemente como el ABS de los coches, pero hace falta ser muy frio para llegar a esa conclusión en tan poco tiempo.
Por una suerte infinita, unos metros más abajo de la pista de patinaje, se encontraban dos «comerciales de CDs» que pudieron detener aquel desesperante deslizamiento.
Si no hubiera sido por ellos, a saber como habría terminado aquello.
¿Alguien me ayuda a saberlo? Jaja, no, es broma, que casi me lo hago encima.
Aunque la visita de ayer no se centró sólo en este pueblo, no me he podido resistir a este título.
El papel protagonista lo tuvo la bodega Dinastía Vivanco, en Briones.
Espectacular, moderna, tecnológica, y con un museo sobre la historia del vino, además de una colección de unas obras de arte que sorprende.
Para nuestro convoy electrónico, no hubo ningún obstáculo. ascensores, rampas y mucha amplitud. Da gusto circular por sus salas de depósitos y toneles, disfrutando de su arquitectura.
Después si, comida en Labastida. Un menú accesible en el hotel Jatorrena, en el que una rampa lleva hasta el comedor, recepción y bar, pero con un WC inadaptado.
La vuelta, después de bajar del bus, me gusta hacerla en Metro y disfrutando del manejo de mi silla hasta casa, aportando mi conducción a una parte del itinerario.
Con las baterías eléctricas y orgánicas aún sobradamente cargadas, tengo reprimirme mucho para no irme en busca de más acción, provocando algún plan más. Únicamente, el depósito fisiológico me da una razón para ser formal.
Unas imágenes de la última semana. Además de la charla que adelanté en la anterior entrada, con el equipo de visitantes habitual de los viernes, me pasé por el palacio de la Diputación de Bizkaia.
Accesible con un ascensor, monoplaza para sillas, pero sin mayor problema que el de hacer cola.
Una visita corta pero intensa de arquitectura, decoración y arte.
Por una vida activa, dinámica y emocionante para las personas con Diversidad Funcional