La dama de las “Paellas”

Apareció de entre la fiesta paellera, cuando el sol todavía nos iluminaba. Me hizo una pregunta que, aunque curiosa, para nada la consideré como una forma de entrarme.

Al de un rato volvimos a encontrarnos en medio de la música, la gente alegre y bajo el cielo estrellado. Era fantástica, bonita, simpática, encantadora y con un toque de misteriosa timidez que la hacía aún más atractiva. De esas ocasiones que llegan sin tiempo para asimilarlas. Hablamos cada vez más cerca, por el volumen de los temazos veraniegos que estaban poniendo, y me gustaría recordar que nos estábamos contando cuando de repente nos besamos ininterrumpidamente.

Me preguntaba que estaba pasando. Cientos de miles de noches de mambo sin un logro tan espontaneo y auténtico. Nos fuimos a dar un paseo que no detallo porque esto no es un relato erótico, pero si he de declarar que ahí llego el primer obstáculo: Vienes a casa?

El angelito bajado del cielo no se imaginaba toda la ayuda que necesito. Tristemente -más que nunca-, tuve que apearme de aquel fascinante cometa con el que no sabía si volvería a coincidir en su órbita.

Pasaron días, hubo lluvia de Whatsapps y nuevos avistamientos. Pasamos momentos magiquísimos, disfrutamos de un feeling extremadamente químico y altamente inflamable. Algo que nos llevó a vivir aventuras inenarrables en busca de una ansiada intimidad. Las noches de agosto nos ayudaron, sin demasiada generosidad, a compartir unas deliciosas horas al aire libre.

Era inevitable volver a pensar en su piso, que nos ofrecía una infinita soledad en comparación con la casa de mi tía y mi tío, donde actualmente vivo junto con mis padres, primos y animales varios.

A dormir no me podía quedar, por no poder hacer el salto de la silla a la cama, pero decidimos que si podía ir a pasar una tarde. Ella insistía, uhhhhhhhhh! Que subidón. Ya sentía velocidad cuando, en un ataque de consciencia, recordé que muchos ascensores son discriminadores. Le pregunté, dejo el móvil para medir la cavidad, y como era de esperar, por tratarse de un edificio antiguo, el siguiente mensaje traía la pésima noticia de que no daba la talla.

Mi sentimiento ya era de una impotencia creciente por tener tantos inconvenientes. La opción de un hotel puede aparecer, pero aparte de que no sirve para repetir tanto como pueda apetecer, implica un desembolso exagerado para un parado que, de alguna forma habría logrado afrontar, en caso de contar con los apoyos necesarios que preciso para salir de la silla y volver a ella en una ocasión imprevista.

Temo que me malinterpretase cuando le repetí  que aquello jamás me había ocurrido. No es que sería mi primera ni mi segunda relación, ni siquiera la única en el último año. Pero si la más la más desinteresada, en el sentido de que no nos unía ninguna condición. Y, sin embargo, de entre todas las personas que había allí de juerga en la campa de Aixerota, se quiso acercar a mí.

Una vez más se cumple la siguiente regla de tres: Todos mis problemas son a X, como todos los caminos llevan a Roma. “Todos mis problemas” multripicados por “Roma”, dividido entre “todos los caminos” = “Asistencia Personal verdadera”.

Si desde hace tiempo hubiese tenido mi autonomía personal, tendría una vida afianzada y estaría a la altura de las oportunidades que se van presentado.

 

¡FELIZ AÑO!

2 comentarios sobre “La dama de las “Paellas””

Los comentarios están cerrados.